Todos sabemos que darle vueltas a las cosas no sirve de nada, pero, ¿sirve de algo saberlo? No. Esa es la única respuesta.
Como dadora de vueltas profesional que soy, debo admitir que he mirado muchas veces a mi labadora pensando;
“Eres afortunada. Cuando terminas de darle vueltas a la ropa, incluido el centrifugado, dejas todas las prendas perfectamente listas para tenderlas. Ni me imagino que sería de mí sin ti. Teniendo que labar a mano cada una de ellas, dejándome los nudillos, preguntándome por que mienten las marcas de detergentes a mano si siempre hay que frotar. Además de que no sabría como dejarlas con ese olor a rosas tan especial. Sí, amiga lavadora, eres afortunada. Por que tus vueltas tienen un sentido, y lo más importante, un fin. Una vez has terminado, dejas de hacer lo que tan bien sabes hacer, por que esa es tu función. Te quedas quieta, orgullosa de tu trabajo, descansada, a la espera de la siguiente vez que te necesite.”
Y es que, de verdad que es una suerte dar vueltas y más vueltas con una misión que cumplir. Pero, ¿por que los seres humanos ,que se supone somos más listos que una lavadora, le seguimos dando vueltas a todo cuando ya no tenemos ropa? Por poner un ejemplo, le damos vueltas ha algo antes de que ocurra, se las damos mientras ocurre, y cuando ya ha ocurrido, (eso sería como sacar la ropa), le seguimos dando, dale que te pego a las vueltas interminables. Sobra decir que, todos y cada uno de nosotros, sabemos que no nos va a servir para nada, pero seguimos haciéndolo, y esto será así, hasta que un día, nos de por darnos cuenta de que la vida es muy corta, y que dar vueltas a las cosas sin parar, no nos aporta nada.
Yo de momento he hecho un trato con mi lavadora, ella da las vueltas y yo, simplemente, la miro.
Artículo escrito por Eva, alumna de la escuela.